Habían transcurrido un par de meses desde que inauguramos la librería en la calle Laraña, allá por 1976. Estábamos encantados con el resultado del trabajo. Para construir las estanterías compramos un camión de aglomerado de mansonia, y en la labor de carpintería nos ayudaron varios amigos, de los que tendríamos que destacar a Antonio Ruiz, viejo colega de la infancia, y el compañero de aventuras teatrales: José Luis Castro.


Disfrutamos como chiquillos y la gente que nos visitaba también parecía agradarle el establecimiento. Metidos en este regusto y preocupados por mantener las excelencias del negocio, cuidábamos hasta los más simples detalles.

Cierta mañana se presentó un señor de más de setenta años, con indumentaria aliñada al estilo de un agente de ventas cualificado. Preguntó por el encargado.

—Buenos días, señor...
—Padilla, buenos días, señor...
—Valentín Serrano, me alegro de saludarle.
—Igualmente. Usted dirá.
—No, no es nada importante. Hace unos meses que vengo a Sevilla por asuntos de negocios y hoy me encuentro con que se ha abierto una librería, aquí, en pleno centro de la ciudad. Por cierto que es un  establecimiento precioso. Me he parado ante la puerta y me ha parecido de justicia darle la enhorabuena al encargado. No se ve un establecimiento tan cuidado en esta ciudad. Llevo años viendo este local vacío y me ha sorprendido la solución que le han dado. Es perfecto para este tipo de negocio. Se lo digo por experiencia.
—¿Es usted librero, editor...?
—No, por Dios. No llego a tanto. Soy un simple técnico de una empresa de acristalamientos. Viajo con frecuencia y estoy acostumbrado a ver tiendas de todo tipo. Y esta, la suya, me ha parecido genial. La acaba usted de inaugurar y tiene el aspecto de una librería centenaria.
—Eso es lo que pretendimos, crear una imagen entrañable que estuviera cercana al subconsciente de cada sevillano que nos visitara. Hemos colgado cuadros originales del siglo XVIII, hemos revestido todo de madera, instalado lámparas de forja...
—No hace falta que se explique, todo es evidente y el resultado es emotivo.
—Pues, muchas gracias, don Valentín, estamos a su disposición...
—Ahora bien –me cortó con cierta elegancia–, es una lástima que los libros que tiene usted en el escaparate se deterioren con la luz solar. Se volverán invendibles apenas en dos semanas. Y eso es un gasto considerable, si tenemos en cuenta el valor que actualmente tienen los libros, y más los que tienen ustedes expuestos, la mayoría de ellos con buenas encuadernaciones...
—Sí, lleva usted razón, don Valentín, pero tenemos pensado poner unos toldos...
—Le quitaría usted visión a la tienda.
—No queda otra solución, o toldos o sol. Así es esta tierra...
—Hay soluciones más prácticas y modernas.
—Habrá que investigar entonces.
—Mire usted, no me gustaría parecerle una persona interesada. Soy agente de ventas y promoción de una empresa dedicada al revestimiento de cristales contra la luz solar. Hoy tengo cita con el director de Galerías Preciados para solucionar el mismo problema que puede usted padecer en pocos días. Como comprenderá mi representada sólo plantea contratos con empresas para revestimientos en grandes establecimientos. No solemos trabajar en pequeñas unidades de negocio. Norma de la casa. Por eso me permito aconsejarle una solución de revestimiento. Es la experiencia. Me da cierta pena que ustedes que están empezando no puedan disfrutar de esta tecnología. Bueno, señor Padilla, me alegro conocerle.
—¿En qué consiste ese tipo de revestimiento?
—¡Ah! ¿No lo conoce usted todavía, a pesar...?
—No, no lo conozco. ¿Puede explicármelo?
—Llevo cierta prisa. Y una vez termine la entrevista en Galerías Preciados marcharé directamente para Cataluña. Pero si insiste...
—Me gustaría conocerlo....
—Es algo muy sencillo. Se instala un dispositivo distribuidor en la parte más alta de la luna del escaparate. a todo su ancho. Ese distribuidor, como si fuera una persiana, va dejando una película invisible adherida al cristal, cubriéndolo de un espesor de dos milímetros. Es película lleva compuestos que anulan los efectos destructivos de los rayos solares, como los ultravioleta. Poco a poco toma un color acaramelado característico que usted habrá visto en algunos establecimientos de Madrid. Color que también le da un cierto empaque.
—Será un proceso costoso, digo yo.
—¡Qué va, señor Padilla! Es muy barato comparado a los perjuicios que causan los rayos solares sobre el papel impreso.
—¿Como cuánto puede costarme el revestimiento de las lunas del escaparate?
El hombre sacó un metro, midió la superficie que sería tratada y calculó sobre un bloc el precio del revestimiento. El resultado fue un montante de 2.000 pesetas, número redondos.
—No tengo más remedio que dejarle, Sr. Padilla. Si le parece bien, dentro de una hora aproximadamente pasaré por aquí y terminaremos la charla. ¿Le parece bien?
—Sí, señor, me parece bien.

Dejé algunos asuntos pendientes, para estar presente a la hora prevista.
Tardó algo más del tiempo prometido, pero, al fin, don Valentín Serrano se personó:
—¡Enhorabuena, Sr. Padilla! –me dijo a modo de saludo.
—¿Por qué? –respondí con cierta extrañeza.
—Porque es usted una persona con suerte. He cerrado el contrato con Galería Preciados y el próximo viernes, llegará el equipo a Sevilla para el recubrimiento de todas las lunas externas de las dos tiendas. Usted se preguntará qué tiene que ver Galerías Preciados con usted.
—Parece usted adivino –le dije en un exceso de confianza.
—¡Ja, ja, ja! Qué gracia tienen los sevillanos... Pues sí, tiene algo que ver. Acabo de cerrar el trato con Galerías Preciados. Está todo formalizado para que este viernes se desplace el equipo técnico para laminar todos sus escaparates. Como traerán carga de sobra, una vez concluyan el trabajo en Galerías, pasarán por aquí y en un momento recubrirán las lunas de su librería. Resultará mejor para nosotros, porque así no desaprovecharemos la emulsión sobrante y también para usted, que no tendrá que buscar a ningún pequeño instalador, que siempre son autónomos y con poca solvencia.
—Me parece bien.
—Pues le voy a hacer una factura proforma.
Sacó un bloc de facturas, me pidió los datos fiscales y además 600 pesetas.
—Las 600 pesetas son para desplazamiento de los técnicos. Puede Ud. firmar aquí mismo. Yo le entrego a Ud. el recibo firmado y sellado como garantía de la operación.

Resuelto el trámite administrativo y el desembolso de las 600 pesetas de entonces, llegó la hora de despedirnos:
—Tenga, Sr. Padilla, esta es mi tarjeta. Espere, que le pongo el teléfono de la pensión en la que suelo alojarme desde hace más de 30 años. La dueña, doña Lola, me atiende como si fuera de la familia. Es una mujer encantadora. Tenga, mi tarjeta. Lámeme para cualquier cosa.

Quedé satisfecho con el negocio cerrado. Mi librería merecía cualquier atención y cuidado.
Llegó el viernes prometido. Vaciamos los escaparates de libros para no estorbar a los técnicos. El Sol calentaba con una potencia propia del verano sevillano. Llegó la tarde. Y la noche. Y el sábado, y el domingo, lunes, martes, miércoles... Por allí no apareció ningún técnico ni cristo parecido.
Temeroso de que hubiese ocurrido algún accidente, llamé a la pensión y pregunté por doña Lola...
—¿Qué doña Lola? –me respondió una señora.
—Pues, no sé, doña Lola. Sé que es amiga de don Valentín Serrano... su huésped de hace más de 30 años...
—¡Joder! ¿También quiere usted que le pinten los cristales?
—¿Cómo dice, señora?
—Mire usted, quien sea: el fulano ese que dice llamarse don Valentín Serrano, lo tuvimos de huésped el lunes y martes de la semana pasada. Desde entonces ha llamado aquí media Sevilla para que le pinten los cristales. ¿Están ustedes locos? ¿Para qué puñetas necesitan que le pinten los cristales? Además, ni yo me llamo doña Lola, ni llevo 30 años con esta pensión, Y le advierto otra cosa, si está usted pensando que le devuelvan 600 pesetas como reclama todo el mundo que me llama, más vale que guarde cola... que dentro de un año puede que le llegue el turno.
—¿¡Qué me estad usted diciendo!?
—¡Que ha caído usted como un primo! Llame usted a la policía, y se hartarán de reír... Deberían todos ustedes llamarse Cándido....

Creo que después de 40 años esperando a don Valentín, es justo que lo considere un estafador, ¿no?


©Texto de José Manuel Padilla Monge

“Libreros desde 1969”